El templo Santa Rosa de Lima recibe público a diario y los sábados y domingos propone recorridos acompañados que integran pasado, arte y sonidos. Una oportunidad para redescubrir aquello que parecía familiar.
El acceso, de madera robusta y sencilla, se presenta imponente sin ostentación. Desde la calle, cuando la luz del sol incide o el amanecer logra el ángulo perfecto, se distingue el altar principal: un brillo dorado formado por diminutas piezas que enmarcan la figura de Santa Rosa de Lima. Afuera, la zona bulle al compás del Centro Gallego, que se alza frente al templo, y de los numerosos comercios de mobiliario que pueblan este tramo de la avenida Belgrano, entre fletes, operarios y escaparates repletos de sillas y sillones. A escasos pasos, se abre un ámbito distinto e inesperado.
La iglesia dedicada a Santa Rosa de Lima pasa inadvertida para muchos. Quienes transitan a diario por su frente de ladrillos suelen detenerse, intrigados. Quizá los edificios que la rodean impidan apreciarla por completo. Aun así, se alza majestuosa: uno de los recintos de culto más destacados de la ciudad, con una cúpula cercana a los 60 metros de altura y un pasado marcado por pérdidas, sueños grandiosos, disputas constructivas y un lazo firme con su entorno.
El origen de este templo se remonta al impulso de una figura femenina: Remedios Unzué de Alvear, integrante de un linaje destacado con estrechas relaciones en el ámbito político y eclesiástico. Movida por la convicción de que el barrio requería un espacio de recogimiento, cedió el terreno y costeó la edificación. Su decisión fusionó devoción, entrega y anhelo de permanencia. Buscaba materializar un símbolo de lo eterno: un lugar hermoso, firme y elevado, destinado a perdurar en el tiempo.
Eligió para la obra a Alejandro Christophersen, un profesional de origen escandinavo afincado en el país, autor de destacados proyectos como el Palacio San Martín y participante de la competencia por el diseño del Congreso Nacional. Aunque en aquel certamen no resultó vencedor, en esta construcción dejó su sello: la cúpula del templo, la segunda más alta de la ciudad, parece un eco silencioso de aquella estructura que no llegó a concretar.
“Si uno mira desde la terraza, ve el Congreso al fondo. Y es imposible no hacer la comparación”, señala Jorge Rigueiro, historiador, medievalista y alma de las visitas guiadas que se hacen los fines de semana.
Rigueiro carece de información: relata cuentos indisimulables. Al momento de hablar de la arquitectura del lugar, su mirada brilla: “Esto es una suerte de mamushka”, declara. “Una forma dentro de otra, y otra, y otra”. Hay un octógono, un cuadrado, un círculo y una cruz. Cada elemento se organiza con un orden preciso y simétrico, evocando lo celestial antes que lo terrenal.
El templo se diseñó bajo la impronta de la arquitectura bizantina renovada, un estilo poco habitual en la capital. De hecho, no hay otro ejemplo similar en todo el ámbito porteño. Su fachada de ladrillo remite a las antiguas edificaciones de Bizancio, mientras que la estructura que protege el altar principal —que reemplaza al clásico retablo cargado de ornamentos— trae a la memoria los templos cristianos primitivos.
Las superficies de la cúpula y las paredes lucen revestimientos compuestos por diminutos fragmentos de cristal veneciano, cada uno encajado manualmente por expertos llegados del norte italiano. Varias de estas piezas encierran láminas doradas, evocando los templos antiguos de ciudades como Estambul o Ravena. De cerca, el conjunto parece un conjunto de formas dispersas; al alejarse, surgen figuras celestiales, personajes sagrados y pasajes religiosos. Un juego de perspectiva que invita a reflexionar: solo con otra mirada se comprende el conjunto.
La Basílica no es solo un monumento, sino parte viva del entorno. En pleno colapso económico de 2001, el sacerdote decidió desprenderse de un valioso candelabro del sector del bautisterio para adquirir alimentos y ayudar a las familias de la zona. En la actualidad, frente al templo, funciona un espacio educativo y solidario que ofrece comedor, talleres de cocina para mujeres y apoyo social. La ayuda de Cáritas continúa, y el templo, fiel a su origen, mantiene sus accesos disponibles diariamente, sin restricciones de horario.
“No es solo un edificio monumental”, expresa Liliana Condesse, arquitecta y participante del grupo de voluntarios. “Es un lugar que late con la gente”.
El recorrido se extiende por aproximadamente tres horas, sin prisa alguna. Se exploran las dos cúpulas —una interior y otra exterior, dispuestas como una estructura anidada—, las escalinatas de mármol verde, los espacios destinados a la meditación y la cripta que alberga los restos de la marquesa junto a su esposo, familiar directo de Marcelo T. de Alvear.
En la cima de la cúpula, adaptándose a su estructura redondeada, se encuentra una especie de galería privada: documentos arquitectónicos originales, imágenes antiguas, registros de los artífices que colaboraron en la edificación y piezas que revelan la historia interna del templo, similar a una vivienda. Un acervo flotante que se revela tras ascender numerosas escaleras, con el aliento entrecortado y la mirada hacia arriba.
Además, se percibe el órgano alemán auténtico, que data de 1934, interpretado en directo por un músico formado en Europa y docente del Conservatorio. Al llegar la música a tonos elevados, las luminarias del edificio se activan paulatinamente, como respondiendo al llamado de cada nota.
Luego llega el momento del té: café aromático, pan artesanal y dulces caseros, servidos en vajilla antigua dentro de un salón donde el reloj parece detenerse. Algunos visitantes se asoman al balcón que domina el altar, mientras otros contemplan en silencio los vitrales desde las alturas. En ocasiones, durante el recorrido, una voz femenina surge desde el coro: “Hola, Jorgito”, anuncia. Se trata de la “marquesa”, un personaje ficticio que representa, con estilo teatral clásico, a la benefactora original. Nadie conoce quién oculta esa voz, pero todos aplauden cuando se despide afirmando que su carruaje la aguarda, como si el alma del lugar se tomara un guiño humorístico.
Por Edición Digital

